martes, 22 de marzo de 2011

Tratado II: Lavapiés


Ya está atardeciendo y Abbas no consigue terminar la conversación con Yong en la puerta del negocio de éste.

Él es natural de Yasmine Hammamet, un pequeño pueblo en la costa tunecina y hace poco más de dos años que llegó a Madrid.

Prácticamente desde que llegó, comparte piso con sus ahora hermanos. Uno de ellos es Didier, un senegalés que trabaja poniendo copas y cócteles en un bar de La Latina, una circunstancia que junto a su buen físico y humor les facilita el conocer nuevas gentes y por tanto el tener planes todos los fines de semana. El otro es Lorenzo, un boliviano de Cochabamba, una región conocida como "El Corazón de América del Sur". Él se dedica a tocar el guitarrón chileno para quién le llame, ya sean orquestas, espectáculos o grupos de músico buscando un sonido diferente para alguna canción. Gracias al boca a boca y al ser un instrumento que poca gente toca en Madrid, tiene un buen ritmo de trabajo, ligado a que cuente cada vez más con una mejor reputación, ya hace meses que respira a final de mes.

Perdón, no os lo he dicho, Abbas se gana la vida de actor. Su nombre significa León y se ve que no es casualidad. Casi todas las obras de teatro o cameos que requieran a un personaje magrebí le llaman para trabajar. Además, el tener inquietudes de pequeño le ha facilitado la vida. Hace años que veía las preciosas y blancas costas de Hammamet visitadas por turistas españoles, así que decidió aprender castellano y ejercer de guía turístico para sacarse un dinerillo. Pocos días más tarde llegó a un trato con una vecina suya: él le pintaría la casa por dentro y por fuera a cambio de que ella le diese clases de castellano. Pasó el tiempo, y el contrato se modificó por hacer el mantenimiento de la vivienda. El cada vez mejor manejo del idioma, le hizo soñar, imaginándose en España con una vida algo mejor.

Recién aterrizado en su "tierra prometida" se dio cuenta de que no tenía ningún problema para explicarle a un azafato de tierra que su maleta no aparecía en la cinta transportadora. Esto hizo que su humor no estuviera a la altura de las circunstancias: llego a parecer que estaba deseando contárselo a todos los operarios de la compañía uno por uno.

Didier, Lorenzo y Abbas, los tres con unas edades entre los 27 y los 31 años comparten un quinto piso sin ascensor en el barrio de Lavapiés, concretamente en la calle de Tribulete, en un portal muy próximo a la boca de metro.

Los tres han tenido pasados muy dispares, pero el presente lo comparten y felizmente, raro es el día que uno de ellos no llora de risa mientras hacen bromas a costa de la gente que pasa por debajo del balcón.

Conocen a todo el barrio, y viceversa. Por ejemplo, Lorenzo tiene una relación interesante con Yong. Al pasar muchas tardes sólo en casa, suele bajar a la tienda de alimentación de abajo, ahí siempre él: un chino de 40 años que siempre está viendo películas de su país o sentado en la puerta mientras conversa con cualquier otro vecino. Ambos tienen conversaciones muy interesantes y profundas, tanto que algunos clientes, interesados por la conversación terminan quedándose aportando opiniones y datos al tema en cuestión. En la última ocasión, apareció Didier por la puerta preguntando con una sonrisa "¿otra vez arreglando el mundo?", Yong, contagiado por la simpatía de Didier, respondío "ni nosotros somos capaces de arreglar el mundo". Lo justo para que empezase el festival de risas.

domingo, 13 de marzo de 2011

Tratado I: Introducción


Ella era especial. Una de las peculiaridades de Lola, era que no le gustaba leer libros, lo que le encantaba era empezarlos.
Su profesión se convertía en un arma bastante potente para llevar a cabo su maléfico plan de leer el principio de todos los libros sobre la faz de la Tierra: ella era bibliotecaria de la Biblioteca Pública de Puerta de Toledo, en Madrid, una biblioteca de barrio.
Tenía 29 años, el pelo corto como un chico y era morbosamente guapa: ojos verdes y grandes a la vez que rasgados, labios gruesos con un tono natural muy "acarminado", la piel más suave y bonita que existía bajo la polución madrileña, y además de todo esto, vestía con mucho estilo. Pero lo mejor de ella, eran sus tobillos, tenía los tobillos más bonitos del planeta.
Había diseñado una estrategia en cuánto a su maléfico plan para no hacerlo "tan fácil". Esto consistía en leer como mínimo las 3 primeras hojas de los libros que eran devueltos. Esto significaba que era bastante probable que nunca llegase a leer una novela de su estilo favorito, las de indios y vaqueros, y sí más libros de anatomía gatuna, guías de viaje o de la historia colombina. Todos sabemos que tres hojas no le daba para desarrollar el argumento, pero justamente eso era lo que le gustaba, imaginarse como seguiría la historia y su final. Para su desgracia, Lola contaba con una extraordinaria imaginación, que dicho sea de paso, utilizaba para diseñarse sus propias prendas y complementos; y digo para su desgracia, porque eso provocaba que sus desarrollos y finales de historias fuesen mucho mejores que los de los propios autores.
De ahí que sólo les guste empezarlos.