domingo, 7 de julio de 2013

Carta a mi padre


Esta carta aunque no es un deber, debió de haber sido escrita hace un tiempo. Daría no sé cuántos años de mi vida porque pudieras estar en Cádiz y pudieses ver como tu hijo ha evolucionado, madurado y crecido, como afronta retos y como se envalentona ante las adeversidades. Ni siquiera sé como reaccionarías ante todos estos cambios, aunque algo me dice que lo harías con orgullo.

Bueno, esto es contarte lo que me imagino que de alguna forma ya sabrás. Recuerdo los momentos difíciles en la carrera. Especialmente aquella vez que te presentaste en Madrid al día siguiente con un scanner debajo del brazo para tu hijo. Fuiste para darme apoyo, para que no abandonase mis estudios… ¡ay papá! Te lo agradezco tanto… y con esto no quiero decir que sea lo único que te agradezca. De hecho son infinitos características de mi personalidad que te debo agradecer por cuestiones genéticas aunque esas no tienen tanto mérito como aquellas que me inculcaste. Te vas a reir, pero eso de no saber algo y buscarlo inmediatamente, te lo debo a ti. Es la mente inquieta, de querer saber cada vez más y atesorar conocimientos, de no quedarse con la duda de nada. Desde que te fuiste, han cambiado muchas las cosas, pero como digo, esto sería como contarte lo que ya sabes. En ese caso, puede que esta carta la escriba más por mí que por ti.
En julio de 2004, fuiste tú el que le abrió la puerta cuando apareció por Cádiz por primera vez y por sorpresa. Fue con esa chica con la que pretendí empezar una vida en Málaga, trabajando en una constructora pequeña. Esos años fueron los más duro, tu ausencia fue un castigo para mí, hasta el punto que los primeros meses, recurría al móvil marcando tu número para pedirte consejo y ayuda. Pero ya era el momento, tal vez demasiado precoz, en el que tenía que responder yo con las soluciones a mis propias problemas. Como sabes, aunque fui feliz durante la mayor parte del tiempo, “aquella vida” se acabó. No por eso, me debo de arrepentir. Puedo decir que viví en el barrio más bonito de Málaga en una casa preciosa y con una chica que me quería. Pero… digamos que se apagó la llama. En un vuelo de San Francisco, sin poder dormir y ya consciente de lo que me esperaba al aterrizar, esbocé un esquema de las posibilidades que tenía. En realidad no tenía mucha opción, tenía trabajo y la crisis inmobiliaria ya llevaba dos años haciendo estragos en puestos trabajo como el mío. Era momento de aguantar.

Me trasladé a unas calles más abajo, a vivir con un italiano que no conocía, en una casa donde había además dos dormitorios donde entraban y salían guiris cada ciertas semanas. Pude empezar a experimentar lo que me faltó por tantos años de relación y a esa edad. Conocí otras chicas, salí por la noche, y disfruté además de conversaciones con personas de distintas partes del mundo. En ese verano, nació tu segundo nieto, Felipe. Un “cabra loca” pero muy divertido. Eso puede que sea lo que más pena me da, que no pudieras conocerlo ni a él ni a mis futuros hijos. De todas formas, puedes estar tranquilo, a Arantxa y a mí nos queda la preciosa tarea de contarle quién fue su abuelo. Sé que nunca fuiste muy futbolero pero sí te interesaba como quedaba “la roja”. Pues precisamente una semana después de que naciese Felipe, España ganaba el mundial, además de forma épica: marcando en el último minuto de la segunda prórroga.


Bueno, unos meses después de todo ésto se acabó el trabajo y me mudé a Madrid a estudiar un máster. Me fui a vivir con Víctor al barrio de La Latina, exactamente a la calle Humilladero. Era un barrio que no tardó mucho tiempo en cosiderarlo como mío. Igual te duele que me considere tan de Cádiz como del barrio de La Latina, pero lo que crecí y aprendí ahí, se puede asemejar en importancia a Cádiz.

Después hubo una pequeña época oscura, en la que trabajaba mucho y ganaba poco, además en un entorno de ánimo decadente. La crisis cada vez era más fuerte y a mi sector lo afectó como al que más. Seguía siendo momento de tragar y aguantar. Hasta que lo bueno llegó. En cuestión de semanas me convirtí en el hombre más feliz del mundo. Me contrataron para un bonito trabajo y con un buen sueldo, me sentía feliz y realizado, creía que completo; aunque pronto me daría cuenta que tardaría unas semanas más en conocer la felicidad máxima. Pero todavía faltan cambios por contarte.

Ya te estarás dando cuenta que mi vida, es una historia de maletas y vivir en distintas casas.

Apenas un año más tarde, tu hijo volaba con una maleta a Santiago de Chile en busca de lo que no había en Madrid para él. Tenía mucho miedo en ese avión por lo que me iba a encontrar. Pero me busqué la vida papá, aprendí a quedar con gente aunque no me apeteciese y a venderme a desconocidos. Ahora, me encuentro en Temuco (una ciudad a 600km al sur de Santiago) trabajando de gerente de una constructora y con mucha ilusión. Por contrato y tal y como pedí, en unos meses trabajaré desde Santiago.

Estés donde estés, puedes presumir con orgullo de que tu hijo es un buscavidas, y que nunca se ha dado por vencido. Pero eso, ya lo sabes porque seguro que me lo enseñaste tú hace tiempo.

Mi Sol

Acabo de decidir que le voy a poner nombre a mi guitarra. Se llamará Sol. Por varias razones, la más aburrida de ellas es por la clave de Sol; por otro lado es el acorde cuyo sonido más bonito me resulta. La otra, y la más importante razón, es que ilumina mi casa. Además, creo que es sano, mantener esa bonita palabra en mi vocabulario a pesar de la lluvia y la niebla. Sol.