jueves, 24 de octubre de 2013

La Fiesta de Los Recuerdos

El anciano revisaba en su mente las páginas de la memoria que no había mojado el mar de la vejez. Recuerdos nítidos y preciosos, después de que el tiempo pusiera en la hoguera los de angustia y sufrimiento.

Sentado en su sillón orejero, sólo le acompañaban en ese soleado salón las motas de polvo que planeaban en el aire. Estaba vestido como siempre, para una ocasión especial y el sonido de las olas en la cercana orilla le marcaban el paso del tiempo en la silenciosa casa. Valoraba en ese ambiente la soledad que él había elegido.

Esta carta empieza en el preciso momento en el que recordó una etapa concreta de su vida, en el mismo minuto que la intensidad de las vivencias le hizo llenarse el pecho de orgullo para que inmediatamente después, una salada gota se deslizase por su arrugada mejilla. Se sentía orgulloso por la vida que decidió llevar, de nunca haber bajado los brazos y haber tenido siempre la misma convicción en sus posibilidades.

Recordó la cita que algún amigo le dijo hace ya varias décadas "somos el resultado de nuestras propias decisiones". La saboreaba como si fuese la muestra de su propio triunfo.

Recordó las incontables manos tendidas, que le aparecieron en el camino para levantarlo o darle un empujón hacia adelante. Siempre se sintió afortunado de tener esas manos, aunque nunca se paró a pensar que eran el resultado de lo que él llevaba dentro.

Contempló las diapositivas mentales de su primer cumpleaños lejos de casa, donde sintió que ya no estaba sólo como en aquel vuelo transoceánico.

Las lágrimas silenciosas pasaron a un feliz llanto mudo. Le gustaba recordar el cariño de Su Gente como a un niño el beso de su madre. En ese preciso momento de felicidad, y con una sonrisa en la boca, el rastro de lágrima en sus arrugas y los ojos cerrados, su cuerpo descansó para siempre.

...poco después, la gente pudo ver a través de las ventanas que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.

El cariño de Su Gente que comentaba anteriormente, superó todo lo que el anciano pudo llegar a imaginarse. Cientos de personas acudieron donde vivía para despedirse. Fue una bella despedida donde se compartieron vivencias comunes e historias que sólo fueron contadas por el difunto hasta ese momento. Se vieron a amigos que abrazaron con respeto y admiración a los otros de los que él tanto hablaba. Éstos cantaban y tocaban con guitarras canciones en donde las olas marcaban los coros.

Mientras estas personas hacían una fiesta al amor y a la amistad, en alguna lejana playa, se estaba celebrando la bienvenida del anciano y en donde abrazaba emocionado a todos esos seres queridos que fue perdiendo en la vida, para después sentarse en su sillón orejero y pasar con ellos la noche y el día recordando historias preciosas.